Situada
en el valle, al lado de los últimos meandros que conforman el lecho
del río Dordoña, Lalinde se beneficia de la gran planicie creada por
la corriente. La proximidad de un vado difícilmente practicable
(poca profundidad, con fuertes corrientes y muy ancho) ha
determinado su vocación constructora (canales, puentes, barcazas).
Por ello no tarda en convertirse en un lugar de paso obligado del
largo itinerario que une La Rochelle con Montpellier. Sobre los
altos de la rivera opuesta del río Dordoña, la pequeña capilla de
San Front-de-Colubry (patrón de Perigord) domina este
vasto panorama, visión quasi-aérea de la bastida
Lalinde evoca poco esas villas medievales con casas apiñadas. Todo
aquí parece haberse hecho con amplitud. Las calles son aireadas, la
parcelación más grande que lo acostumbrado. A veces un saliente
traiciona la antigua disposición de las casas en línea. Por otra
parte, algunos muros de madera dejan todavía ver el relleno de
ladrillos rosas cuidadosamente colocado.
La Puerta de Bergerac resta como testigo de esos tiempos pasados
donde las incesantes guerras imponían la fortificación de las
ciudades. Su extraordinaria altura está hoy custodiada por dos
construcciones.